martes, 21 de marzo de 2017

Leticia, la tenaz ballena de Hondarribia

                       Moby Dick

No sé si será por el cambio climático o por que razón, pero los avistamientos de grandes cetáceos cerca de nuestra costa se están convirtiendo casi en un clásico. Ya hay varias empresas dedicadas al turismo de avistamiento de ballenas y es que el encuentro con grandes rorcuales u otros mamíferos es todo un espectáculo, quien iba a decirles a los pescadores de hace ya unos cuantos siglos que dedicarse a llevar a gente a ver ballenas podría ser un negocio…

Aunque hay datos que permiten afirmar que ya en el siglo VIII se cazaba la ballena en nuestras aguas, los primeros documentos escritos son del siglo XI. La primera muestra gráfica en Europa que da fe de los hechos procede de Hondarribia, el sello del concejo de Hondarribia de 1297 así lo confirma.

                            

La caza de la ballena en el Cantábrico tuvo su mejor momento en los siglos XIII y XIV, fue decayendo a lo largo de los siglos XVI y XVII y prácticamente desapareció en el XVIII. En Hondarribia entre los años 1610 y 1615 se mataron 21 ballenas, y sólo en el año 1631 se capturaron cinco de estos cetáceos. Durante el siglo XIX, en todo el litoral cantábrico tan sólo se cazaron cuatro ejemplares, uno de ellos en Hondarribia en 1805 “y acudió la población de San Sebastián a verla como objeto raro”. En el siglo XX la única captura realizada fue un ejemplar en Orio en 1901, con la ayuda de dinamita.

Sólo perseguían a un tipo de ballena: la Balaena Biscayensis, ballena de los vascos o ballena vasca –hoy denominada como ballena franca del Atlántico Norte o Eubalaena glacialis-. Y la perseguían por varias razones fundamentales: nadaba muy despacio y era de carácter tranquilo (ambas cosas hasta que resultaba herida), se acercaba mucho a la costa y entraba en aguas poco profundas, tenía una capa de grasa mayor que las demás (hasta un 45% de su peso); y, sobre todo, porque su gruesa capa de grasa la hacía permanecer a flote una vez muerta. Sus propias denominaciones de ballena franca, right whale o el prefijo “eu” de Eubalaena, se refieren a que era la ballena buena, la correcta, aquella que había que perseguir.

Pasaban el invierno en el golfo de Vizcaya, entre octubre y marzo, y después volvían al Atlántico Norte. Los arrantzales la llamaban Sardako Balea. Lo que no deja de ser curioso porque, aunque se movían en grupo por el Atlántico Norte, aquí solían llegar en solitario, pocas veces en pareja, y excepcionalmente en grupos muy pequeños.

 

BallenaHondarirbia

Las migraciones de los cetáceos son bastante estables, y también suelen ser estables las rutas individuales de cada uno de estos mamíferos, hasta el punto de ser reconocidos en las costas que visitan. Pero pocas veces una ballena habrá cogido tanta querencia a un cabo –Higuer- y a una isla –Amuitz- como la que entre 1881 y 1892 visitaba casi todos los años nuestras aguas.

Se hizo conocida, por vez primera, al encallar en la barra de Hondarribia el 1 de noviembre de 1881 y, a pesar de sus “esfuerzos violentos”, no consiguió salir hasta que subió la marea. Su aparición cogió a todos por sorpresa. Sólo algunos carabineros reaccionaron disparándole, pero “los disparos de fusil que se le hicieron no causaron daño alguno al cetáceo, y cuando éste se vió con agua suficiente para moverse con libertad abandonó á los que le molestaban”. Ese año se hicieron algunos tímidos intentos de cazarla, pero sin ningún éxito. Los pescadores de Hondarribia afirmaban que se oía por las noches “el ruido que la ballena produce al lanzar el agua tragada”.

Pero ya en esas primeras apariciones queda claro lo que sería una constante en años posteriores: su gran tamaño, su arraigada costumbre de intentar atravesar las barras de ríos y estuarios –lo que le hacía encallar muchas veces-, su gusto por dormir junto a Amuitz, y lo difícil que resultaba cazarla.

La prensa se hace eco de su reaparición en noviembre de 1883. Y aquí aparece otra constante: los intentos de Ignacio Mercader por cazarla. Mercader, armador de la flota de vapores de pesca La Cantábrica de San Sebastián, escamado por el poco éxito de 1881, se había comprado algo nunca visto en nuestra costa: un modernísimo “arcabuz
norteamericano lanza-arpones”, que tenía sin estrenar. El arpón iba provisto de un explosivo que se accionaba eléctricamente. En cuanto supo de la presencia de la ballena en Hondarribia, zarpó a bordo del Mamelena 3. A mediodía la encontró frente a la playa de Hendaya nadando lentamente. Desde cinco metros de distancia le disparó un arpón con su arcabuz, alcanzándole a la ballena en la cabeza. El cetáceo huyó, pero por sus movimientos, cada vez más lentos, la dieron por mortalmente herida. La prensa publicaba “debemos advertir que la ballena es ya propiedad de los armadores del Mamelena 3”. Pero de eso nada. Ocho días después volvió a presentarse en Higuer con una herida en la cabeza.

Aunque todo hace pensar que el ejemplar que encalló en 1881 era el mismo, se podrían –por supuesto- plantear dudas.

Pero las dudas desaparecen a partir de 1883. Los ejemplares individuales de Eubalaena glacialis se distinguen porque las diferentes callosidades de la cabeza son como un carnet de identidad. A ello la “ballena de Fuenterrabía” sumaba su gran tamaño y, desde el 22 de noviembre de 1883, una gran cicatriz en la cabeza producto del arpón explosivo de Mercader.

Entre noviembre de 1883 y marzo de 1884, las andanzas de nuestra ballena alcanzan su máxima popularidad. Los artículos que le dedica la prensa nacional en este período –cinco meses- superan de largo el centenar. Una cobertura mediática absolutamente extraordinaria para la prensa de finales del siglo XIX. “Continúa entreteniendo á los habitantes de los pueblos de Fuenterrabía, Irún, Hendaya y San Juan de Luz, la presencia tenaz de la ballena en aquellas aguas”, ” Por las mañanas aparece dormida cerca del cabo Higuer y por el día se corre hasta Biarritz”, “Todas las tardes acuden á verla gran numero de curiosos”, “Estos días la ballena es la mayor distracción de los desocupados de aquella población (Fuenterrabía)”, “Los pescadores de Fuenterrabía están preparados á cazarla”.

Estaban preparados los de Hondarribia, los de los puertos cercanos y los vapores de Ignacio Mercader, que la perseguían de forma casi constante…pero no había manera. El cetáceo había aprendido del primer arponazo de Mercader y, en cuanto traineras y vapores se le acercaban, desaparecía.

Sus ataques a las barras de ríos y estuarios coincidían con la llegada de bancos de anchoa y sardina, a los que hacía huir aguas arriba. Y así, mientras los pescadores se quejaban de que no podían pescar, en el Adour, Bidasoa, Urumea y Oria se cogían anchoas hasta con cubos en el límite de aguas saladas.

El 23 de febrero de 1884 Mercader volvió a acertarle con su arcabuz, según su relato, desde tres metros de distancia.

Se dio otra vez por seguro “que se hallará muerta en alta mar”. Pero volvió a reaparecer frente a Higuer un mes después. Y durante todo el mes de marzo se mantuvo en aguas de Hondarribia, donde “ocho lanchas con arpones la persiguen sin descanso”, “medio pueblo ha tenido la ocasión de verla desde la carretera que se dirige al faro”, “desde la playa se observan perfectamente todas las operaciones. Muchísimas personas va a dicho sitio para  presenciar la pesca de la ballena, que es de colosales dimensiones”.

Y, como sobre cualquier otro personaje público, se hablaba, se discutía y a veces se exageraba sobre nuestra ballena.

Se decía que “es de tan colosales dimensiones que su cuerpo se eleva á más de tres metros sobre la superficie del mar”. Se discutía sobre su longitud –que para algunos era de 20 metros, y para otros más de 30-, sobre si perseguía a los mismos microorganismos que las anchoas o perseguía a las anchoas mismas, y sobre su inteligencia, su “habilidad para escurrir el bulto” y “las burletas que jugaba a los intrépidos e históricos arponeros”. Así, y para ilustrar el descaro del cetáceo, El Urumea relataba en diciembre de 1883 que había permitido que un perro de aguas se paseara tranquilamente sobre su lomo, lo que provocó muchos chistes en su momento.
Volvió en 1885, reanudándose las idas y venidas de la ballena, las traineras de Hondarribia y la flota de Mercader. En 1886 no se tuvo noticias de ella, y se perdió el interés. Pero una madrugada, en agosto de 1887, el Mamelena 4 chocó violentamente frente a Higuer con algo muy grande. “Repuestos del susto, vieron aparecer sobre la superficie del agua un colosal cetáceo, que se supone una enorme ballena que se hallaba dormida, y cuyas dimensiones excedían en largura á los cien pies de quilla del Mamelena”. Así que no había perdido la costumbre de dormir en Higuer y, según lo que nos cuentan, sí que podría rondar los 30 metros de largo. El vapor volvió rápidamente a puerto con la proa destrozada, y se dio –una vez más- por mortalmente herida a la ballena.

Pues tampoco. En diciembre de ese año volvió a aparecer acompañada de otras dos colegas de menor tamaño, y esto ya fue demasiado para los pescadores de Arcachon, Capbreton, Biarritz y San Juan de Luz. En enero de 1888, visto que no podían darle caza, y alegando que era un peligro para la navegación y que no les dejaba pescar, pidieron ayuda al Vicealmirante Prefecto Marítimo de Rochefort para que la ahuyentaran los vapores guardacostas. La operación fue ejecutada por las cañoneras Travailleur, L’Elan y Nautile. No tenemos datos de cómo lo hicieron. Pero sí sobre el resultado: año y medio después nuestra ballena estaba otra vez aquí.

Y, aunque ya hay menos datos en la prensa, siguió por aquí en 1889 y en 1891. En 1892 la prensa publicaba: “la gran ballena Leticia ha vuelto a hacer su visita anual”. En algún momento alguien le había puesto nombre. Este año – 1892- fue el último año en que supo de ella. La Eubalaena glacialis suele tener una vida media de 70 años y por su gran tamaño, muy superior a la media, cabe pensar que nuestra protagonista tenía ya una edad avanzada… así que preferimos pensar que su final le llegó de forma natural.

Desde luego no era la última que se capturó en Orio en 1901, porque ésta medía 12 metros. Ni tampoco la última arponeada sin éxito por el vapor Salvador de Hondarribia frente a Higuer en 1903. Ésta última medía unos 14 metros.

Ninguna de ellas tenía tampoco su característica cicatriz.

Por alguna razón, el nombre de Leticia no nos acababa de gustar para una ballena. La prensa del momento le dedicaba adjetivos como “la famosa”, “la célebre” ó “la tenaz ballena de Fuenterrabía”…nos ha gustado más éste último.
Un informe de la Comandancia de Marina de San Sebastián certificaba, en 1886, la práctica desaparición de la ballena vasca en Gipuzkoa. Afirmaba que se seguían viendo cachalotes y rorcuales lejos de la costa, pero que nuestros arrantzales “no las persiguen porque tienen la desfavorable condición de irse a pique en cuanto mueren”.

Los expertos calculan que, antes del inicio de su caza en la Edad Media, habría unas 13.000 Balaena Biscayensis.

Cuando la especie fue protegida en 1937 ya sólo quedaban unos 50 ejemplares. En el año 2003 se censaron 342 fuera de nuestras costas, porque en nuestras aguas continúan sin verse. El último avistamiento se registró en el límite del Cantábrico, en el cabo de Estaca de Bares, en 1993.

Ahora bien, aunque no se ha vuelto a ver ningún ejemplar de “ballena vasca”, si que se observan con cierta frecuencia la visita de otros grandes cetáceos como las yubartas o ballenas jorobadas. Estos cetáceos suelen rondar los 15 metros de longitud en su edad adulta, y tienen como característica su afición a dar grandes saltos saliendo por encima de la superficie del mar. En la foto se puede ver uno de los últimos ejemplares avistados frente a la costa en Hondarribia.

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Para conocer más sobre estos formidables animales recomiendo la lectura del libro “Jugando con las ballenas” de Joseba A. Bontigui. Un gran trabajo que fue editado solo en una ocasión en el año 2002 por el Gobierno Vasco. A día de hoy no es fácil conseguir un ejemplar, en alguna web de artículos de segunda mano suele verse algún ejemplar en venta a muy buen precio… https://www.milanuncios.com/libros/libro-vasco-jugando-con-ballenas-222016853.htm

domingo, 15 de enero de 2017

Homo humidi

Le ha costado llegar al primer temporal, pero ya lo tenemos encima, lluvia, granizo, nieve en las montañas, termómetros a la baja y el elemento principal de esta ensalada invernal, viento del NW de 30 nudos. La mar se ha puesto su traje para estas ocasiones y las olas se levantan furiosas varios metros, el horizonte ha quedado limpio de embarcaciones.


El Cantábrico tiene ese color gris acero que delata su estado y fuera de la bahía se ven olas rompiendo en mar abierto. Es así, es un temporal de invierno, nuestras fosas nasales por fin se despejarán tras un atípico otoño más seco que la mojama y los cuerpos recobrarán el grado de humedad al que aquí estamos acostumbrados.
En el puerto refugio, las embarcaciones de bajura esperan a resguardo a que llegue la temporada del verdel o caballa y fuera, contra el muro, rompen contínuos embates del mar que descarga su rabia en la costa.

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En la bahía, mientras tanto, las olas entran desbocadas como si tuviesen prisa por morir, llegan a la playa hechas un amasijo de espuma mientras los surfistas se adueñan de ellas olvidándose de a que temperatura está el agua. Esta claro que las grandes olas no nos afectan por igual a todos nosotros, a los que trabajan en la mar les obliga a quedarse en casa, para otros es la ocasión de divertirse.
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Pero no solo el temporal afecta a la mar, muy cerca de la costa se levantan las primeras montañas de cierta altura, allí, el viento frío cargado de humedad, ha dejado mucha precipitación que a partir de cierta altura ha caído en forma de nieve. La imagen de las montañas nevadas cerca de la costa suele ser preciosa, idílica diría yo.

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El invierno parece que por fin ha llegado, durante unos meses volveremos a ser los “homo humidi” de siempre. La lluvia, el frío y el viento serán habituales y en el pueblo la gente, como hacen los rebaños de ovejas en las bordas de la montaña, se refugiará en las tabernas mientras hablan del tiempo tan malo que hace… Pasear, ahora cerca del mar, se convertirá en casi una quimera y nuestro pueblo, Hondarribia, que durante el verano y los fines de semana de buen tiempo se abarrota de foráneos, quedará vacío por un tiempo.
De vez en cuando, con suerte, habrá una ventana de buen tiempo y si la mar lo permite saldré a navegar algún día sacando las velas al viento, navegar en invierno tiene una ventaja, son pocos los que se animan.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Calma chicha

           Durante los otoños, al menos durante los últimos que recuerdo, vienen repitiéndose periodos de calmas más habituales en otros mares. La quietud en la mar, a pesar de ser un estado de máxima tranquilidad, suele provocar con frecuencia estados de nerviosismo y tedio. Llevamos meses en nuestra costa sin un solo temporal, las olas no han superado los dos metros desde el mes de Mayo, algo propio de mares tropicales. 

En estas últimas semanas la calma se ha acentuado, si cabe, aún más, la bahía de Txingudi se asemeja más a un mar interior que al Cantábrico, ese mar donde las olas, provenientes de las borrascas situadas en latitudes septentrionales, lo baten con cierta generosidad (o al menos así era hasta hace poco).

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En nuestra costa los ciclos de vientos de componente sur son habituales tras el verano, pero solían aparecer desde finales de septiembre hasta principios de Noviembre. El caso es que estamos a 7 de Diciembre, continuamos con la componente sur, la mar está como un plato y de momento las predicciones no apuntan cambios.

Hace unos días salí a navegar una mañana, la predicción era clara, calma, ausencia de viento, aún así quería sacar un rato las velas. El resultado de la tentativa fue el esperado, situado en medio de la bahía de Txingudi y con una ausencia total de viento y olas opté por lo más práctico, recogí el génova y la escota de la mayor y disfruté de una buena siesta a la deriva tumbado en cubierta bajo el palo. Era Diciembre en el Cantábrico y el termómetro marcaba 20º C a las 14 horas, algo que empieza a suceder con demasiada frecuencia.

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Los amaneceres con estas condiciones atmosféricas suelen ser espectaculares, el horizonte aparece limpio, sereno, y la mar suele encontrarse extrañamente silenciosa. Las pequeñas embarcaciones de pesca que parten antes del alba se dibujan en el horizonte inmóviles, las óptimas condiciones hacen que sean muchas más de las habituales las que estén con los aparejos en el agua, es un espectáculo que me recuerda a los amaneceres del Mediterráneo.

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Desde casa vemos la mar y un buen trozo de la costa francesa, es nuestra atalaya particular. Los días limpios alcanzamos a ver los primeros bosques de Las Landas más allá de la desembocadura del rio Adour. Por la noche, bajo un cielo estrellado es un espectáculo ver las luces lejanas de los barcos mientras faenan a unas cuantas millas de distancia. Hipnotinazo por el tintineo de esas luces me es fácil imaginar a los barcos faenando, me vienen a la mente los nombres de algunas embarcaciones que conozco y que en esos momentos están allí afuera, Atalaya Berria, Sanaga, L`Albatros, Orka II, Saint Jean Priez Pour Nous…

Por la mañana, ya en el trabajo, los veré descargando sus capturas en el puerto mientras esperan sacar un buen beneficio de la pesca, tras la venta apenas tendrán un rato para cargar algunos víveres y salir de nuevo pitando hacia los caladeros que hay en este rincón del Cantábrico, estos días la mar está siendo muy generosa y tienen que aprovecharlo.

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Mientras tanto, el resto de los mortales seguiremos disfrutando de paseos vespertinos, y veremos como el cielo y el mar intercambian sus colores formando atardeceres inolvidables. Y nosotros, en medio de estas calmas chichas, esperaremos a que llegue el primer temporal que marque el inicio del invierno, entonces nuestras tardes deambulando por los espigones que encierran al Bidasoa en su salida al mar se habrán terminado.

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domingo, 14 de agosto de 2016

Compartir, siempre compartir…

        A menudo compartimos objetos, yo comparto momentos, sensaciones, como decía un amigo mío, “sensaciones acojonantes”…

       Comparto con amigos alrededor de una mesa, en la montaña y ahora comparto en la mar, navegar y bucear me ha permitido además compartir con mi mujer, algo que no sucedía en los senderos, tal vez esa sea la razón por la que pasamos cada vez más horas a bordo…

 

         En la bocana del canal de Sta Engracia un suave viento del N nos recibe,

         dejamos por babor las señalizaciones que delimitan aguas poco profundas 

         y encaramos la salida al mundo de las sirenas…

        La mar de fondo del NW apenas se deja notar, no hay olas viajeras

       que llegan a nuestra costa desde cientos de millas más al norte.  

       En la desembocadura del Bidasoa, la pequeña ola formada por el viento choca

       con la corriente vaciante del río desordenando la superficie. 

       Hacemos dos bordos para escapar de la bahía orientada al Norte,

       el primero amurados a babor, proa al castillo de Abadie,

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        el segundo, amurados a estribor, proa al Cabo de Higuer.

       Por estribor quedan  Las Erretas, unas rocas que en las bajamares fuertes

      asoman por encima de la superficie, pero que hoy, las muy jodidas, no se dejan ver,

      no sería el primer barco que se va a pique ahí.

     Navegamos a rumbo directo con viento casi de través, las velas portan elegantes

     el viento que sopla constante, de vez en cuando la regala se acerca al agua

     en alguna racha, nos divertimos.

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     En aguas de Iparralde el castillo de Sokoa nos da la bienvenida a su bahía,

     cruzamos con las velas arriba las murallas que dan paso a la ensenada y buscamos

     abrigo dentro de la bahía fondeados frente al castillo.

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     Nos bañamos, comemos, charlamos, compartimos… Bajo el casco de Siracusa

     pasan a menudo bancos de alevines, suben hasta la superficie pero se sumergen enseguida

     asustados por los vuelos rasantes de las gaviotas.

    No tarda en aparecer otro depredador, un arrantzale larga una red de fondo

    desde su embarcación, esta noche el arte de pesca hará su trabajo y mañana, el pescado

   atrapado en la malla, podrá venderlo en la pequeña lonja del puerto de Ciboure.

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     El sol está cayendo, sus rayos ya no queman y prolongamos olvidados del reloj nuestro fondeo en Sokoa.

     Mientras, charlamos, recordamos a amigos, hablamos de montañas, de islas, de proyectos,

     de un futuro  que ya no se ve tan lejos, de lugares increibles…

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    El sol se esconde tras la muralla, es el momento de partir, disfrutaremos

    del último aliento del sol en mar abierto. Largamos la estacha que nos mantenía

    sujetos a la boya y con el motor a bajas revoluciones nos dirigimos a la salida de

    la rada. Un pescador, apostado bajo el dique, disfruta de su soledad mientras

    tienta la caña.

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   La brisa ha calmado un poco pero aún sopla lo suficiente para navegar a vela.

   Izamos la mayor, enseñamos toda la génova al viento  y este las pone a trabajar, la proa

   de Siracusa apunta al islote de Amuitz postrado bajo el faro de Higer.

   Intento impregnarme de la inmensa paz que disfrutamos en estos momentos,

   solo percibimos el sonido del barco abriéndose paso en la mar.

  Mis amigos se colocan en proa y mi mujer y yo nos quedamos en popa,

   es entonces cuando te sientes pleno de vida, una mano en el timón y la mirada

   perdida en el horizonte, linea que poco a poco, con la llegada de la noche,

   se va escapando de nuestros ojos.

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   Las luces de la costa ya brillan, el faro de Higer luce su candela

   y las primeras estrellas aparecen sobre nosotros.

  No tardamos en reconocer la Osa Mayor, cae la noche y el viento no cesa,

  nos llega del NNW cuando nos situamos frente a Las Gemelas y ante

  nosotros se abre la bahía de Txingudi. Reconocer las luces que marcan la entrada

  entre los espigones de Hondarribia y Hendaia no es sencillo, el viento va menguando

  su soplido según nos adentramos en la bahía, avanzamos despacio, sin prisas,

   algunas pequeñas embarcaciones están fondeadas pescando en la oscuridad.

   Es una noche de verano, templada, negra y ahora ya, sin viento…

   Frente a la playa decidimos arriar velas, Eolo se ha ido a dormir

  y nos ha abandonado. Despacio, para no molestar a la noche con el ruido del motor,

  navegamos por el Bidasoa hasta llegar a nuestro pequeño puerto. Con Siracusa

  ya amarrado y arranchado nos despedimos de nuestros amigos.

   Han sido unas horas que ojalá hubiesen sido más, interminables mejor, compartiendo

   con amigos sensaciones acojonantes.

 

           Navegamos al viento, como se lleva haciendo siglos, quizás sabernos herederos de aquellos

   fenicios, dueños del Mare Nostrum, sea la causa de nuestras sensaciones,

   sensaciones que desalojan de nuestros cuerpos tensiones, apatías, y nos inundan de

   imaginación, esperanza y fortaleza.

        Como bien dice mi amigo Paco, “buscamos conocer lo que desconocemos, es el espíritu que nos hace ir siempre más alla, hacia lo ignoto y desconocido”.

           Y es ahora, después de estos años aprendiendo a navegar, cuando me siento enorme

   pero diminuto a la vez, tengo a mi familia más cerca que nunca de mí, mis hijas, mi mujer,

   mis padres y hermano, todos ellos van tomando su posición en el mundo y siento que yo me voy

   acercando a la mía.

 

     

miércoles, 13 de julio de 2016

La última dosis de Mediterráneo

            Hace ya unos cuantos años, 16 para ser exactos, que comenzamos una intensa relación con el Mediterráneo, concretamente en la Costa Brava. Las islas Medas fueron las testigos de nuestras primeras inmersiones, allí comenzó el flechazo. Desde Blanes hasta más allá del Cabo de Creus hemos ido visitando lugares que nos han cautivado y conseguido que, con un imán a un trozo de hierro, nos hayan atraído constantemente.

        No tardamos en ser dos más en casa, nuestra pasión por ese trozo del Mare Nostrum comenzamos a transmitírsela a nuestras hijas y no nos costó encontrar lugares que engancharon también a ellas.

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        En el 2.009 visitamos Calella de Palafrugell, desde entonces establecimos allí nuestro “campo base” en las vacaciones. Así, comenzamos a visitar con nuestras hijas los pueblos, calas y rincones de esa costa embrujadora.

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      Hemos intentado durante estos años impregnarnos de la cultura de aquella tierra, ser mediterráneos, como ya he dicho en alguna ocasión.

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     Poco a poco hemos aprendido lo que hemos podido, su clima, sus vientos, su idioma, su gastronomía han calado en nosotros como no podía ser de otro modo.

      Pero nuestras hijas han ido creciendo y la Costa Brava ya forma parte de una etapa de su vida. Seguro que mañana la recordarán con agrado, los recuerdos se amontonarán en su memoria y probablemente algún día vuelven a ella. Allí han disfrutado como lo haría cualquiere crío, no olvidarán las calas escondidas, sus fondos transparentes, incluso alguna cueva en la costa donde entramos a una inquietante oscuridad. La visita bajo el agua a algún pulpo en su guarida, coleccionar orejas de mar, recojer los caparazones de erizos han sido diversiones constantes.

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      Hemos podido disfrutar de paisajes inolvidables, de amaneceres y atardeceres únicos y de una luz como no hemos encontrado en ningún lugar.

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      Pero todo lo que empieza, acaba, nuestras hijas ya tienen una edad que pide más, saben mejor que nadie que hay más lugares para descubrir y además pronto lo querran hacer sin nosotros. Este año hemos vuelto a la Costa Brava, a Calella de Palafrugell, lo hemos hecho sabiendo que iba a ser la última visita de un ciclo. Nosotros, mi mujer y yo, volveremos algún día tal vez para algo más que unas vacaciones, Calella de Palafrugell, Llafranc, Port de la Selva, Cala Sa Tuna, Tamariu, Begur, Port Lligat, Cadaqués y otros muchos más nombres han quedado para siempre acomodados en nuestra memoria.

       El último día de nuestra visita de este año quiso venir a despedirse un viento muy característico de aquella tierra, el Mistral, amanecía en la Costa Brava y ya se dejaban ver unos cuantos veleros disfrutando del viento. Fue como si el viento nos estuviese diciendo, “mirar lo que os perdéis”…

      Nos despedimos dando un paseo a primera hora hasta Llafranc aprovechando la pista que recorre el litoral, es un paseo corto, apenas 20 minutos separan los dos pueblos, pero que nos ha servido muchas mañanas para despertarnos mientras mirábamos al Mediterráneo.

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        Despedirse de un lugar así no es sencillo, allí hemos visto crecer y evolucionar a nuestras hijas y hemos disfrutado muchísimo. Nos hemos dado cuenta que no somos los únicos enganchados a todo aquello, durante estos años hemos coincidido con otras gentes que, como nosotros, volvía allí como si de un ritual se tratara.

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     Hoy, ya de vuelta en casa, solo hemos podido hacer una cosa para intentar mitigar nuestra melancolía, navegar e imaginar que lo hacíamos frente a la Costa Brava…